Marvin Gaye cambió en un All Star en Los Ángeles la historia del himno estadounidense

En 1814 Francis Scott Henry, criado en una familia de tradición esclavista, escribió un poema sobre el bombardeo a manos de fuerzas británicas de Fort McHenry dos años antes, en la guerra de 1812. Acabaría siendo la base de Star-Splanged Banner, la composición que Herbert Hoover oficializó como himno de Estados Unidos en 1931 y cuyo vínculo con el deporte es profundo: su uso está documentado en partidos de béisbol desde 1860 y pasó a tener un papel central como introducción a partir de las World Series de 1918, cuando fue interpretado por una banda militar en plena Primera Guerra Mundial. En aquel momento la cuenta de estadounidenses muertos ya había superado los 100.000.

Curiosamente, Scott Henry era partidario de los confederados mientras que el autor (o lo más parecido, porque su autoría aún es fuente de debates) de Dixie, la canción más emblemática de estos, era mucho más cercano a los unionistas: Daniel Decatur Emmett. La guerra también escribe con renglones torcidos.

El himno acabó filtrándose en todas las competiciones del deporte estadounidense a partir de hitos bélicos como la Guerra de Vietnam o la del Golfo: en 1991, en la Super Bowl XXV, Whitney Houston bordó la que para muchos fue la mejor interpretación de siempre, acompañada por una orquesta de Florida y con los F16 atronando en el cielo sobre el estadio de Tampa.

Pero Whitney Houston y su director musical, Ricky Minor, habían bebido de una revisión del himno que, ocho años antes y en el All Star de la NBA de 1983 (como ahora, en Los Ángeles), había llevado a un estado de verdadero trance a la grada del mítico Forum de Inglewood. El encargado de conseguirlo había sido Marvin Gaye, el genio de la MoTown que trató de hacer carrera como receptor con los Lions de Detroit y que se tomó aquella invitación al All Star Game (para el que muchos preferían a Lionel Richie) como una oportunidad única de hacerse escuchar y de hacer sentir. Vivió con la idea de que su empatía con los demás era el punto de partida de sus inacabables desgracias, que en realidad comenzaban y terminaban en la droga. Antes del Forum había pasado una temporada en Bélgica, huyendo de sus demonios. Justo después ganó sus dos únicos Grammys y se fue a vivir a casa de su padre, con el que mantuvo constantes discusiones hasta que en el calor de una de ellas este le disparó y acabó con su vida. Fue el 1 de abril de 1984, poco más de un año después de la revisión en clave rythmn and blues con la que transformó para siempre al himno de las barras y estrellas.

En 1983, la NBA dejaba atrás definitivamente sus años más oscuros y el All Star reunió junto a Hollywood a la generación que estaba haciendo posible la redención: Magic Johnson, Kareem Abdul-Jabbar, Julius Erving, Larry Bird, Moses Malone, un joven Isiah Thomas… El comisionado Larry O’Brien trabajaba mano a mano con el que sería su sucesor, David Stern, y con Rick Welts, ahora presidente de operaciones de los ultra exitosos Warriors y uno de los primeros grandes ejecutivos del deporte que anunció públicamente (en 2011 y a través del New York Times) su homosexualidad. Los tres pasaron un mal rato aquel 13 de febrero porque Gaye no dio señales de vida en todo el día y, conocidos sus hábitos y en tiempos en los que no era tan fácil tener a una persona localizada, llegaron a plantear opciones alternativas. Pero Gaye llegó al Forum con apenas minutos de margen y sorprendió con unos arreglos hasta entonces imposibles de una canción que todos los estadounidenses conocían solo en un formato teóricamente intocable.

Teóricamente: quienes vivieron aquel partido contaron su experiencia en The Undefeated. Ganó el Este (123-132) con Julius Erving (amigo de Gaye) como MVP, pero Magic Johnson aseguró que durante el partido solo pensaba en cuándo y cómo podría obtener una copia de aquella actuación del cantante. Pat Riley, un enamorado de la MoTown, reconoció que supo que aquello iba a ser especial en cuanto sonaron las primeras notas, y todavía recuerda la sensación de emoción espontánea y sobrecogedora que envolvió al público.

Con traje azul y gafas de sol, Gaye, el músico que solo quería “ser escuchado”, dejó una interpretación que el dueño de los Lakers, un Jerry Buss boquiabierto, definió como “la mejor que se había hecho del himno americano en toda la historia”. Un año antes de morir y tres después de haber intentado quitarse la vida con una sobredosis, el genio que había asegurado que las únicas certezas en la vida eran “los impuestos, la muerte y los problemas” redefinió la interpretación del himno en el deporte estadounidense y abrió la puerta que años después derribó Whitney Houston, en Tampa. Aquel fue el segundo All Star en L.A. y el único que se celebró en el Forum. Desde entonces, otros tres, todos en el lujoso Staples Center: en 2004 cantó el himno Christina Aguilera, en 2011 Josh Groban y esta vez, en 2018, le toca a Fergie, la excantante de The Black Eyed Peas.

Marvin Gaye canta el himno en 1983

 

Sección NBA | Baloncesto | Diario AS

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