No era la mayor atrocidad de El Asad

El uso de sustancias químicas como arma de guerra está prohibido. Eso está claro. Así es desde hace casi un siglo, con la firma del protocolo de Ginebra de 1925 en el seno de la Sociedad de Naciones. El doctor Johnny Nehme, experto en la materia del Comité Internacional de la Cruz Roja, explicaba los motivos tras el último ataque en Duma (Guta Orienta, Siria): su naturaleza es indiscriminada, mata o desfigura a cualquiera, esté o no implicado en el conflicto, además de provocar heridas con efectos de por vida, posteriores incluso a la propia batalla. «Fabricar o usar un arma que impide a la gente utilizar el aire, respirar, se consideró demasiado horrible o dañino», señaló Nehme. Por eso Donald Trump, Theresa May o Emmanuel Macron situaron su uso como línea roja antes de bombardear. Pero siete años guerra han dejado en Siria ataques tan o más indiscriminados que el último en Duma (al menos 60 muertos). También con armas químicas. Como ejemplo, la cuenta que hizo el pasado 13 de abril Nikki Haley, embajadora de EE UU en la ONU: Washington estima que el régimen sirio ha atacado 50 veces con su arsenal químico. Pero hasta ahora, la aviación norteamericana solo atacó dos veces a sus instalaciones militares.

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