El frente invisible del narco en México

DE REPENTE, el silencio. Ya no se escuchan gritos, ni el pisar de decenas de botas contra la tierra del camino, solo el agua del río, el viento silbando entre las hojas de los árboles. El teniente Casas se acerca y ensaya una especie de sonrisa aliviada, irónica, una sonrisa de ganador, de alguien que cree controlar la situación: “Se me fue la sangre a las patas, hermano”, dice refiriéndose a lo que acaba de ocurrir, los segundos de incertidumbre después de los balazos. “Vi el vidrio agujereado y luego a las dos mujeres y a la niña, y digo ‘ya nos fuimos a la chingada”.

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