Las vidas rotas que irritan a Trump

La última vez que vio a su esposo estaba tan triste que ni siquiera intercambiaron un beso de despedida. Después de 13 años y tres hijos juntos, lo suyo se redujo a un leve golpe en el hombro y una bendición al aire antes de que enfilara la calle arrastrando los pies por la tierra. Solo unas horas antes, José Hernández, de 31 años, había escuchado en la televisión que una extraña caravana de migrantes pasaría cerca de su casa. Iban juntos, seguros y hacia Estados Unidos, a 2.500 metros de su casa en San Pedro Sula. En cuestión de minutos decidió sumarse a ella.

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