Tremendo golpe de autoridad de unos Nuggets excepcionales

El 14 de diciembre de 2015 los Nuggets ganaron a los Rockets (114-108). Eran titulares, por entonces, Kenneth Faried (ahora en el otro bando), Danilo Gallinari y Joffrey Lauvergne, y el tercer suplente con más minutos fue Kostas Papanikolaou. El segundo, un NIkola Jokic rookie y con 20 años. En los Rockets ya estaban en descomposición el proyecto James-Harden Dwight Howard. Si parece por estos datos que ha llovido mucho es porque ha llovido mucho. Pero desde entonces hasta esta noche, habían pasado nueve partidos más, los Nuggets no habían vuelto a ganar a los Rockets.

Y lo han hecho, por fin, a la tercera en esta campaña en la que todavía les queda otro duelo, en marzo. Y lo han hecho para quitarse tal vez el último complejo de encima: «No tenemos miedo a nadie, hemos ganado a todo el mundo en esta liga», dijo nada más acabar Malone. Y lo han hecho con una exhibición antológica (136-122) y sin backcourt titular: ni Jamal Murray ni Gary Harris. Dio igual. Los Nuggets, perseguidos por las lesiones toda la temporada, vuelven a alcanzar a los Warriors en la cabeza del Oeste (36-15), son un azote colosal en la siempre temida altitud de Denver (23-4) y mandan lejos (29-22) a unos Rockets que están 10-14 fuera, 5-5 en sus últimos 10 partidos, 1-2 desde que regresó Chris Paul y a la misma distancia, dos partidos y medio, del cuarto puesto (y la ventaja de campo en primera ronda) que del noveno (y la televisión para ver los playoffs).

Los Rockets, además, juegan esta noche en Utah, uno de los back to back más duros que puede ofrecer ahora mismo la NBA. Su defensa no está para ningún trote, con un boquete tremendo donde antes estaba un Clint Capela que parece a punto para volver justo después del parón del All Star. En Denver los Rockets anotaron, primero para escaparse en el cuarto inicial (35-43), después para ir agarrándose a un partido del que los Nuggets trataban de sacarles a ráfagas tremendas de puntos: 124-113 a cuatro minutos del final. Ese último intento lo clausuró Nikola Jokic, que anotó seis puntos seguidos tras tiempo muerto, empujando en la zona sin oposición (Capela…) y cerrando la victoria en 31 puntos muy dulces (12/15 en tiros), 13 rebotes y 9 asistencias. Al final, y a pesar de que ya no había opción, James Harden siguió en pista hasta que logró el punto 30 con un triple y alargó su racha a 25 partidos en al menos esa anotación. Eso sí, dejó en 24 la de noches siendo el máximo anotador de los dos equipos, se la quitaron (la segunda mejor de siempre) el propio Jokic y un Malik Beasley que metió 35 puntos con un 12/17 en tiros. El tope de su carrera, como los 22 de Torrey Craig con un 8/11. Los Nuggets tienen un equipo extremadamente profundo, extremadamente divertido… y extremadamente capacitado para aspirar a, literalmente, todo.

Después de ese 35-43 del primer cuarto con 15 puntos y 4 asistencias de Harden, el vendaval de los Nuggets puso un 113-95 al final del tercero, cuando el equipo de Malone firmaba una serie casi sobrehumana de tiro: 67% total, 54% en triples, 93% en tiros libres. Con 31 asistencias y solo 7 pérdidas. En el segundo cuarto, parcial de 48-28 con un 80% en tiros y 6/8 en triples. Harden, excepcional de salida, desapareció hasta casi los últimos minutos, cuando anotó dos triples en el último intento a la desesparada (acabó con 30 puntos y 9 asistencias), y su equipo simplemente no pudo seguir el paso de unos Nuggets voraces e impecables en ejecución. Muy bien entrenados, muy bien ordenados en cuanto a jerarquías y capaces de ganar a cualquiera en cuanto ponen su defensa a niveles simplemente correctos. Este partido fue un golpe de efecto ante el último rival que se les resistía. Otra muesca para un equipo feliz y al que da la sensación de que le encantaría que los playoffs arrancaran mañana mismo. Todo lo contrario que unos Rockets para los que el curso, pendiente de la nota final, ha sido un constante sí pero no y a los que más les vale ajustar su defensa por mucho que Capela esté ultimando su regreso. Esto es el Oeste, y aquí nadie perdona la más mínima debilidad.

 

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