Los Angeles Lakers: LeBron James y Anthony Davis en busca de la gloria perdida

Llegó LeBron James, pero el éxito no fue completo porque Paul George ya había optado por seguir en los Thunder, un triunfo para los mercados pequeños que ha durado exactamente un año, arrasado por la operación Kawhi. Los Lakers, con un plan alternativo confuso, construyeron en torno a LeBron un roster extraño, sin apenas tiradores y pensado para que la mayor estrella de su generación jugara de una forma totalmente distinta (y a un ritmo muchísimo más alto) a lo que había sido su patrón en los último cuatro años en los Cavaliers. Al final, el equipo se quedó en 37 victorias (solo dos más que un año antes… sin LeBron) y sin playoffs por sexta temporada consecutiva después de haber visto las eliminatorias por TV cinco veces en toda su historia anterior (desde 1948).

La temporada se llevó por delante a Luke Walton, desde el principio señalado por el entorno de LeBron James y por un Magic Johnson que acabó saliendo de forma tragicómica durante otra espiral de ridículo institucional de una franquicia que ha parecido en los últimos años incapaz de vivir a la altura de lo que debería ser: una referencia en el deporte mundial y una máquina de generar dinero. Jeanie Buss ha decepcionado como cabeza visible en su empeño por replicar el éxito de su padre, el legendario Jerry Buss. Insegura y con una obsesión poco constructiva por rodearse de un núcleo duro en el que no entran ideas ajenas a una franquicia que, precisamente, necesita desterrar la endogamia, sacudir sus cimientos y abrirse al mundo moderno para volver a ser lo que antaño fue. Ahora trata de enderezarse con Rob Pelinka liberado de la sombra de Magic y mientras ascienden los brillantes hermanastros de Jeanie, Jesse y Joey. Por ellos, y por el actual proyecto deportivo, pasa una unión de los Lakers con la familia Buss que parecía indisoluble pero que, después de 40 años, puede quedar en jaque con otro fracaso sonado.

Pero, aunque seguramente los Lakers 2018-19 no llevaban dentro un campeón de la NBA, tampoco sería justo negar que la mala suerte se cebó con ellos hasta el extremo. LeBron, que no había tenido ninguna lesión grave en su carrera pero que venía de ocho viajes seguidos a las Finales, cayó en el partido de Navidad, cuando los Lakers arrasaron a los Warriors en el Oracle y marchaban cuartos del Oeste. Su problema, en la ingle y más grave de lo que se quiso anunciar, partió la temporada de los Lakers por el eje. LeBron se quedó en 55 partidos y menos de 2.000 minutos por primera vez en su carrera. Después, las lesiones se llevaron por delante también a Brandon Ingram y Lonzo Ball, en ambos casos cuando estaban jugando al mejor nivel de sus jóvenes trayectorias. Los tres (LeBron, Lonzo, Ingram) apenas jugaron juntos 23 partidos (15-8 en ellos para los Lakers, proyección de unas 54 victorias), el equipo se rompió sin LeBron ni Rondo cuando parecía que despegaba en diciembre y también tuvieron serios problemas físicos JaVale McGee, Jason Hart y Kyle Kuzma. En invierno el descalzaperros se remató con el jaleo público por la petición de traspaso de Anthony Davis y la publicidad casi en tiempo real de cada movimiento de los Lakers y el entorno de LeBron James, cuya mano derecha (Rich Paul) es también agente del ala-pívot, que enfilaba una fea recta final en Nueva Orleans. Si la llegada de LeBron parecía devolver a los Lakers a la máxima relevancia, la temporada 2018-19 fue un annus horribilis que les mandó de nuevo a la casilla de salida… pero con una vida menos.

El verano 2019 no había sido malo para los Lakers, aunque no era fácil percibirlo así después de que apostaran todo, una vez concretado el trade por Anthony Davis (no precisamente un asunto menor), a la llegada de Kawhi Leonard como agente libre. La franquicia, más ordenada y seria cuanto más lejos de sus despachos está Magic Johnson, acertó al dejar correr los planes B y C ante la opción de que el A fuera un LeBron-Davis-Kawhi que habría convertido al equipo en favorito para este anillo… y para los próximos, con Davis y Kawhi al mando más allá de un LeBron que cumplirá 35 años en diciembre. Pero Kawhi no solo rechazó a los Lakers sino que eligió los Clippers y captó a Paul George, que un año antes y también como agente libre había preferido quedarse en los Thunder. Los Lakers se vieron, sin demasiado tiempo de reacción para colmo, sin dos megaestrellas que querían jugar en L.A. Un golpe durísimo, en gran parte castigo a su mala gestión de los últimos años, y una amenaza para lo que hasta ahora ha sido un reinado incontestable en el mercado angelino. Si hay un puñetazo tan duro que sirva como despertador para un gigante dormido, tiene que ser este. O no será ninguno porque ya será tarde.

El verano no había sido malo… hasta que el 15 de agosto y en un partidillo de entrenamiento, DeMarcus Cousins se rompió los ligamentos de la rodilla. El pívot había firmado por una temporada y solo 3,5 millones para intentar recuperar un tiempo perdido que parece no ponerse nunca de su lado: desde enero de 2018 ha sufrido una fractura del telón de Aquiles, una peligrosa lesión cuádriceps durante los playoffs 2019 con los Warriors y esta de rodilla que le puede (le debería) dejar fuera de juego toda la temporada. DeMarcus, que sufrió el primer gran percance cuando estaba brillando en los Pelicans y se asomaba a su primer súper contrato máximo, quería redención, otra vez al lado de Anthony Davis. Y los Lakers tenían en él una wildcard de la que dependía buena parte de su temporada: un Boogey a su mejor nivel (o cerca de él) y ya con la lesión del Aquiles olvidada habría sido un refuerzo tremendo para formar un frontcourt casi imparable en ataque con LeBron y Davis.

Pero no ha podido ser, arruinado el plan antes de tiempo por otra lesión catastrófica para un equipo marcado por ellas la temporada pasada. Malos augurios y Dwight Howard como recambio de saldo en un movimiento desde luego arriesgado. Howard dejó a los Lakers en la agencia libre de 2013 después de una temporada que comenzó con amago de súper equipo y acabó en desastre absoluto. Desde entonces, ni a la franquicia ni al pívot (a cada uno por su lado) les han podido ir peor las cosas y las rencillas y dardos cruzados han sido lo suficientemente públicos. Ahora, prácticamente desahuciado y en busca de una última oportunidad, Howard trata de completar la historia de redención más improbable (los Lakers siguen compartiendo ADN con Hollywood, ¿no?) y los Lakers, simplemente, tener un corpachón que dé unos minutos de defensa y rebote como suplente de JaVale McGee toda vez que a Anthony Davis no le gusta jugar de cinco puro salvo que lo exija el guion… y que se estén jugando los playoffs. No parece mucho pedir, pero con Dwight Howard hasta ese mínimo podría ser demasiado.

La decisión de Kawhi, en todo caso, opacó un buen trabajo que concretó la cacareada llegada de Anthony Davis, una súper estrella todavía con 26 años que sí apretó para vestir de amarillo y morado y que, eso sí, llega con solo un año de contrato. Una ahora improbable pero no descartable marcha el próximo verano sería algo parecido al golpe definitivo para un equipo que, era lo obligado, entregó por él casi todo el futuro amasado en un lustro de derrotas: Lonzo, Ingram, Hart y tres primeras rondas (incluido el pick 4 en 2019) se fueron a los Pelicans. Y después Mo Wagner e Isaac Bonga (el draft de 2018) a los Wizards mientras se generaba espacio para un Kawhi que nunca llegó.

Sin embargo, esta vez los Lakers sí tenían un plan ordenado y más o menos razonable una vez que se frustró el sueño del mega big three. A un roster completamente nuevo llegaron un experimentado campeón como Danny Green (30 millones por dos años), ese DeMarcus en una búsqueda de sí mismo que tampoco podrá ser en esta temporada y una serie de secundarios a priori válidos para un proyecto pensado en llegar lejos en playoffs: Jared Dudley, Quinn Cook, Avery Bradley, Troy Daniels, a la carrera el hijo pródigo Howard… Además, vuelven Kentavious Caldwell-Pope, JaVale McGee, Rajon Rondo (quizá el más cuestionable) y un Alex Caruso que se ha ganado un hueco en el corazón de los aficionados del equipo y quizá se lo gane ahora, definitivamente, en la rotación exterior de los angelinos. Finalmente, Talen Horton-Tucker fue elegido desde el pick 46 del draft como alero con muchísimo por pulir pero con un tremendo físico y la suficiente proyección defensiva. El equipo, finalmente, le da una oportunidad al hasta ahora poco aprovechable Kostas Antetokounmpo para, según muchos, no dar ninguna puntada sin hilo de cara a la posible salida de su heramano Giannis al mercado en el verano de 2021…

En fin, ¿podía ser bueno un verano en el que los Lakers se llevaron el no de un Kawhi que además se ha reunido con Paul George en unos Clippers temibles? Parece extraño pero sí, lo había sido. Con posibilidades de ser muy bueno, además, al menos hasta la trágica lesión (para su equipo y muchísimo más su carrera) de DeMarcus Cousins.

Era difícil imaginar a los Lakers 2018-19 fuera de playoffs… pero sucedió. Aviso para navegantes, aunque ahora es todavía más difícil imaginar que este no será el año del regreso a las eliminatorias por primera vez desde (cuesta creerlo) 2013, con Dwight Howard (una buena ironía) en el roster. Tanto que el objetivo no es solo ese, sino posicionarse como aspirante en un Oeste en el que los Warriors han dejado abierta una vía a su corona con la marcha de Kevin Durant y la lesión de Klay Thompson. Los Lakers tienen a un LeBron camino de los 35 años pero descansado, por primera vez en casi una década, y motivado después de que su longevidad haya sido cuestionada este verano. Y tienen en Anthony Davis a uno de los jugadores más determinantes del mundo. Que alguien puede haberlo olvidado tras su mal final en NOLA. El eje que formarán debería valer muchas victorias en Regular Season pero, sobre todo, debería convertir en temible en series a siete partidos a un equipo que, eso sí, vuelve a necesitar que todo salga más o menos bien (la antítesis de la temporada pasada) para saltar de no jugar playoffs a aspirar a un anillo que también quieren Bucks, Clippers, Rockets, Nuggets, Sixers…

Brillante en Indiana e intrascendente en Orlando, esta es una oportunidad gigantesca para un entrenador como Frank Vogel, rodeado por un equipo de trabajo muy renovado que ha borrado todo rastro de Luke Walton y que incluye al polémico Jason Kidd y a los reputados Lionel Hollins y Phil Handy (entre otros). El reto es también enorme en un proyecto casi totalmente nuevo pero con mucha presión y, por lo tanto, la necesidad de creer por la vía rápida como bloque. Si la salud respeta a LeBron y Davis y si al primero le queda gasolina para jugar al menos una temporada más a un nivel óptimo, los Lakers serán un gran equipo. Más allá de ellos, certezas a priori, había varios caminos que les podían convertir en legítimos candidatos al anillo, aunque el más obvio se ha cerrado con la lesión de Cousins. Ahora será especialmente crucial que dé un paso adelante verdaderamente importante Kyle Kuzma, que afronta un año III en el que sabremos por fin qué tipo de jugador es.

Con el rendimiento de un consumado profesional como Danny Green a priori garantizado, Dudley, Caldwell-Pope y un Bradley muy recuperado en los Grizzlies tras su feo paso por Pistons y Clippers pueden aportar defensa, dureza y tiro. En el primer apartado contará Caruso y en segundo Troy Daniels y Quinn Cook, con JaVale McGee convertido otra vez en crucial, sin Cousins y con el poco gusto de Davis a jugar de pívot puro, y Rondo en un extraño lugar dentro de un equipo que no tiene un primer base definido, tal vez porque ya ha anunciado que LeBron volverá a ser el playmaker principal. Falta seguramente otro alero defensivo fuerte, sobre todo con los Clippers de George y Kawhi en el vestuario de enfrente del Staples. El sueño es Andre Iguodala (amigo y excliente de Rob Pelinka), al que los Grizzlies se niegan a cortar… por ahora. Los Lakers tienen dos grandes estrellas y un roster que en principio largo y que les complementa bien. Y tienen una espina clavada después de que por primera vez se ha cuestionado su jerarquía en el baloncesto de L.A. Toca hablar en la cancha.

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