Kobe y Shaq: la relación imposible de… ¿la mejor pareja de la historia?

Amigos, enemigos, compañeros, rivales, hermanos… son muchos y muy numerosos los adjetivos que han acompañado a Shaquille O’Neal y Kobe Bryant. Una pareja extraordinaria que dominó el baloncesto a inicios del siglos XXI a pesar de ser polos opuestos en cuanto a carácter, posición en cancha, ética de trabajo o estilo de juego. Dos enemigos íntimos durante gran parte de sus respectivas carreras a los que acabó reconciliando la edad, la madurez y el tiempo y que tuvieron idas y venidas, matrimonios perfectos, divorcios sonados, épocas de amor devoto y recíproca admiración y otras de un odio que dejaban claro de manera manifiesta y casi desvergonzada.

Cumplidos ya casi tres meses de la trágica muerte de Kobe, queda claro que es la última cara de la relación la que ha perdurado. La del respeto mutuo, entonar el mea culpa y profesar la admiración profunda y recíproca que se guardaban dos jugadores que, individualmente, son parte esencial de la historia de la NBA. Y de Los Ángeles Lakers, donde jugaron juntos de 1996 a 2004. En total, ocho temporadas llenas de altibajos en una competición constante por ver quien era el macho alfa y que pasó por numerosas etapas, momentos históricos y amagos de una disolución que se tornó en inevitable y que finalmente se produjo.

Kobe Bryant era elegido en la 13ª posición del draft de 1996 por los Charlotte Hornets. Su agente dejó claro a la franquicia que no quería jugar con ellos, y el traspaso para que recalara en los Lakers a cambio de Vlade Divac estaba ya pactado, pero antes de todo eso Jerry West decidió reservarse el nombre que quería que los Hornets escogiera. Había visto en aquel chico criado en la cultura europea, casi mimado y de familia bien, algo que el resto de ojeadores quizá solo llegaban a imaginar, y quiso esperar hasta el último momento para que nadie se echara atrás y cambiara de opinión. Bryant aterrizaba en los Lakers a cambio de un Divac que no quería irse de un equipo con el que había jugado las Finales de 1991, todavía con Magic en activo, pero que no le quedó más remedio que abandonar. Al fin y al cabo, West ya tenía cubierto el puesto de pívot por Shaquille O’Neal, que llegaba procedente de los Magic a una ciudad que buscaba recuperar el glamour parcialmente perdido en los últimos años y que se había animado viendo el breve retorno de Magic la temporada anterior.

Pronto se hizo evidente que Kobe y Shaq eran polos opuestos. El primero, entregado al trabajo y poco dado a las bromas, contrastaba con el segundo, simpático, amigable, parcialmente dejado en cuanto al cuidado de su cuerpo y más abierto que el escolta, siempre encerrado en sí mismo y mostrando una profunda introspección para tener apenas 18 años. Por aquel entonces, Bryant era solo un muchacho endeble que estaría tutelado por Byron Scott, que jugaba su última temporada en la Luga; O’Neal, todo lo contrario, venía de ser el máximo anotador en 1995, año en el que jugó y perdió con los Magic las Finales tras derrotar a los Bulls de Jordan antes de recibir el aleccionador sweeb de los Rockets. Al año siguiente, tras una nueva derrota sin paliativos ante Chicago, que se cobró su venganza, dio por finalizada su etapa en Orlando, donde no encontró el camino al anillo y la lucha de poder junto a Penny Hardaway se había hecho insostenible. Shaq necesitaba atención y se fue a Los Ángeles, la ciudad de la luz, a recibirla mientras era el centro de atención y la referencia en ataque del juego rápido, ofensivo y alegre inherente a Del Harris, un buen entrenador de regular season que cortocircuitaba en playoffs, donde los Lakers cayeron en semifinales, finales del Oeste y semifinales con un bochornoso 12-1 de parcial en los tres siguientes años. Un resultado que dio pie a un cambio de entrenador a inicios de esa última temporada, la del lockout, y que dejó a Harris relegado como asistentes de Mavs, Bulls y Nets antes de abandonar la NBA en 2010, con 72 años, 35 de experiencia en los banquillos y el recuerdo de esa oportunidad perdida.

Ya por entonces, la lucha de poder de Shaq y Kobe había tenido algún que otro episodio, aunque no explotó del todo hasta que Phil Jackson hizo su aparición. El Maestro Zen había firmado con los Lakers y pasaba el verano en Montana, su refugio, cuando recibió la inesperada visita de Shaq, que pasaba por allí y fue recibido por la esposa del técnico, June, que le hizo pasar a casa. El pívot, que tras el último fracaso en playoffs ante los Spurs había aumentado sus sesiones de pesas y su ingesta de creatina, pesaba por aquel entonces 160 kilos. Para deleitar a la gente que por allí pasaba se puso a saltar sobre un embarcadero que tenía un pequeño trampolín que le llevaba al agua. Así lo encontró Phil Jackson, quien pronto descubrió que la diversión era el mejor argumento de su nuevo pupilo. Habló con él, le preguntó sobre los problemas del equipo en playoffs y le preguntó por Kobe, algo que pilló desprevenido a Shaq. Tras un silencio incómodo que el Maestro Zen manejaba como nadie, el center contestó que todo el mundo decía que era joven y que eso le sonaba «a excusa«. Ya por ahí, su mento le pidió paciencia con su compañero y le mandó mover un árbol, cosa que hizo, pero ese primer encuentro ya marcó un antes y un después. Y a buen seguro que en él, Shaq tenía en la mente los cuatro airballs de Bryant en las semifinales del Oeste de 1997 ante los Jazz, en las que el escolta, con apenas 18 años y en su primera temporada como profesional, no tuvo reparos en lanzar 14 veces a canasta (con solo 4 aciertos) y quedarse en un ignominioso 0 de 6 en triples.

La primera gran disputa entre ambos no tardó en llegar en la primera etapa de Jackson en los Lakers. Este nombró a Bryant su general en pista, pero le ignoró para el puesto de co capitán, para el que no le consideraba todavía preparado, en favor del recién fichado Ron Harper. El equipo hizo una temporada extraordinaria, pero pronto el técnico vio como las diferencias entre ambos se hacían evidentes. Uno, criado en la cultura europea (Italia), con una vida cómoda económicamente hablando, hijo de un jugador de baloncesto como Joe Bryant y con una esposa, Vanessa, con la que se casaría con tan solo 18 años en contra de la voluntad de sus padres, estaba motivado por un deseo incesante de ganar hasta «10 anillos», como aseguraba a sus compañeros por aquel entonces. El otro, abandonado por su progenitor cuando era joven y criado por un militar que Shaq siempre consideraría su verdadero padre, valoraba mucho las figuras de poder como las de Jackson, eternamente respetado por el pívot, pero también tenía una escasa ética de trabajo y un afán por la diversión y las bromas constantes que Kobe no compartía y que incluso le sacaban de quicio. «Es muy inteligente, es un poco nerd. No sale por ahí, no va a clubs, no tunea su coche… Es un chico muy sofisticado. Creo que demasiado maduro para su edad”, definió Shaq a su compañero.

En la primera tempora empezaron muy bien y finalizaron con un récord de 67-15, el mejor de la franquicia desde el 69-13 de la temporada 1971-72, esa que coronó finalmente a Jerry West con Wilt Chamberlain en el equipo. Sin embargo, ya hubo episodios como el ocurrido en febrero, durante una sesión de vídeos en la sala Southwest Los Angeles Community College, a la que llegaron tras una racha nada positiva. Allí Shaq se levantó y dijo lo que muchos pensaban: «Me parece que Kobe juega de una forma demasiado egoísta como para que ganemos», dijo el pívot, secundado por sus compañeros, ninguno del cual salió en defensa de un Kobe que se sentó en última fila. Jackson no estaba nada contento con ellos: «Shaq necesita y Kobe desea«, escribió en su diario tras una bochornosa derrota por 105-81 ante los Spurs. Poco después, Jackson habló con el escolta: «Supongo que alguna vez querrás ser capitán del equipo«, le dijo. «Quiero serlo mañana«, aseguró Bryant. «No podrás serlo si nadie te sigue«, replicó el técnico.

La temporada acabó bien, con los Lakers venciendo en una remontada histórica en las finales del Oeste a los Blazers con 25 puntos, 11 rebotes, 7 asistencias y 4 tapones de Kobe, incluida el alley oop a Shaq que redondeó la relación entre ambos y que quedaría para la posteridad. Y unas Finales dominadas por Shaq de principio a fin con un cuarto encuentro que supuso el momento de Kobe. El escolta, lesionado, anotó 8 puntos en la prórroga, ya sin un O’Neal eliminado por faltas (y 36 puntos y 21 rebotes…), y dio a los Lakers la victoria, asegurada con un rebote ofensivo que transformó en canasta tras un tiro errado de Briant Shaw. Tras esto, Shaq lo definió como su «pequeño gran hermano«. Kobe fue el primero en buscarle tras el pitido incial del sexto partido y en fundirse con él en un largo abrazo en el año en el que empezaba la dinastía.

¿La mejor pareja de la historia?

Los momentos de amor incondicional eran sustituidos con frecuencia con otros de un odio profeso durante los años siguientes. Tan pronto había una racha que se alababan el uno al otro como una en la que no se dirigían la palabra. «La lucha del macho alfa«. Así lo definían sus compañeros por aquel entonces, algo que Brian Shaw ya había vivido con Shaq y Hardaway en los Rockets. Sin embargo, todo contrastaba con su conexión en pista, sobre todo en playoffs, donde ambos dejaban a un lado sus diferencias para conquistar el anillo. La temporada 200-01 fue buena muestra de ellos: Shaq llegó a pedir el traspaso a Mitch Kupchak, sustituto de Jerry West tras la sorpresiva dimisión de éste en el último verano, a finales de diciembre y después de llegar pasado de peso al trainning camp y ver como Kobe se intentaba adueñar del ataque, parte de la pista en la que había explotado por completo. Sus carácteres, tan distintos, eran también complementarios y ayudaban a aumentar la leyenda de pareja ideal con la que luego fueron tratados. Se compenetraban en pista, como una pareja dentro fuera como había sido entonces la de Stockton y Malone pero con menos asistencias y más anillos. Y en cuanto a la forma de ser, radicalmente distinta: «A Kobe le enloquecía una cosa en relación a Shaq. Necesitaba divertirse hasta en los momentos más serios. Si no se divertía, no quería participar«, afirmabaRick Fox.

El propio Fox añadió esta frase de Kobe: «Llegabas a preguntarte como había sido Kobe de niño. Esa era la cuestión, nunca fue un niño«. Esa versión no era compartida con Jackson, que pensaba que a Bryant la faltaba madurez, aunque le concedía la intensa mundología y concentración de la que hacía gala. Esa temporada, Shaq, enormemente generoso, regaló un rolex a todos los miembros de la plantilla en pretemporada cuando muchos no iban a seguir con el equipo, otra muestra de su carácter. También se ha sabido hace poco que le ofreció a Isaiah Rider 10.000 dólares para que se uniera a él contra Kobe.

La realidad es que ambos se necesitaban y ponían la directa cuando se trataba del campeonato. Ese curso, Kobe promedió 28,5 puntos, 6 rebotes y 5 asistencias por partido, mientras que Shaq se fue a 28,7+12,7+3,7. Desde Elgin Baylor y Jerry West, ninnguna pareja anotaba tantísimo en los Lakers. Y cuesta ver alguna temporada en la que eso pase en cualquier momento de la NBA. Era sencillamente increíble que ambos produjeran casi 60 puntos, 19 rebotes y 9 asistencias por noche. Algo impensable, sobre todo cuando estaban prácticamente solos. El único que pasaba de los 10 tantos de promedio en el resto del equipo era Fisher, con 11,5. Kobe llegó a las Finales promediando 31,6 puntos, 7 rebotes y 6 asistencias, y Shaq con 29+15. Y si contamos todos los playoffs, que finalizaron con un espectacular 15-1 (récord hasta el 16-1 de los Warriors en 2017), vemos que el pívot, que repitió MVP de las Finales, se fue a 30,4+15,4+3,5, 16 dobles-dobles en 16 partidos, tres de ellos por encima de los 40 puntos y cinco superando los 20 rebotes. Y Kobe, 29,4+7,3+6,1 hizo 5 dobles-dobles, un partido de 48+16 para eliminar a los Kings tras viajar a Los Ángeles para estar con su esposa Vanessa, ingresada en el hospital. Y a 45+10 en el duelo inaugural ante los Spurs. Una conexión imparable para tratarse de dos hombres que no hablaban con un reportero si lo había hecho el otro o que no compartían preparador físico a pesar de estar en el mismo equipo. Unos extremos absurdos olvidados para ganar el anillo.

Los años siguientes se desarrollaron de la misma manera. En 2002 ganaron su último anillo tras una temporada enla que Kobe hizo 25,5+5,5+5,5+1,5. Y Shaq, 27,2+10,7+3+2. Ambos se llevaron muy bien, y Shaq fue con su compañero a la retirada de su camiseta del instituto, en Lower Merion High School, en la que se fundieron en un largo abrazo. Y en playoffs estuvieron a punto de ser eliminados ante los Kings, pero ambos se combinaron para 72 puntos y 28 rebotes en el sexto partido y 65 puntos y 23 rebotes en el séptimo, en el Arco Arena, para pasar a las Finales. En ellas, el pívot se paseó en su tercer MVP (36+12+4 de promedio) bien secundado por un Kobe (27+6+5), que lanzó con un 51% en tiros de campo y un 55 en triples. Incluso la 2002-03, eternamente olvidada al no contar con anillo, fue testigo de actuaciones asombrosas (30+7+6 para Bryant en regular season y 27+11 para O’Neal), sobre todo en playoffs, donde el center firmó 27+15 (con un duelo de 34 puntos y 23 rebotes ante los Wolves en primera ronda) y el escolta 32+5+5 con un 40% en triples.

Es difícil saber si Kobe y Shaq son la mejor pareja de la historia. Las conexiones entre ambos fueron continuas en pista, protagonizaban todos los higlights y se unían en los momentos más importantes. Hay muchos equipos en los que siempre hay un tercer actor, como los Lakers de Magic y Kareem (James Worthy…), el trío de Spurs, Celtics 2008, de los Heat de LeBron o de los Warriors de Curry (que han sido más que un trío). Y habría que irse casi a la prehistoria para ver alguna pareja, como Baylor y West antes de que llegara Chamberlain. Tampoco valen los Bulls, donde Jordan sobrepasaba por mucho al resto. En un mundo como la NBA todo está sujeto a debate, pero desde luego, Kobe y Shaq, por la historia que se generó en torno a ellos, pueden ser la mejor pareja de siempre. Y del siglo XXI, desde luego. Los tres anillos dan buena cuenta de ello.

La temporada 2003-04

Toda historia toca fondo en algún momento, y a Shaq y Kobe les tocó en la 2003-04. La agresión sexual de Kobe en un hotel de Colorado marcaría el inicio de la temporada y el proceso judicial coparía las portadas de los principales periódicos del país. El escolta pasó de una actitud pasiva-agresiva a una agresiva-agresiva, en la que reaccionaba casi violentamente a todo lo que ocurría alrededor. Y, sobre todo, contra Phil Jackson y Shaquille O’Neal, a los que consideró sus enemigos durante un año en el que formaron una plantilla de videojuego (con Gary Payton y Karl Malone) que se estrelló en las Finales ante los Pistons de Larry Brown (4-1). Antes de eso, los Lakers se enfrentaban a que Kobe sería agente libre y este quería liderar un equipo en solitario, algo que intentó torpemente con unas conversaciones con Mike Dunleavy, entrenador de los Clippers, que no llegaron a buen puerto. Shaq por su parte no se sentía querido, y viendo que su contraro finalizaba en 2006 pidió una ampliación por 2 años y 60 millones. Un precio muy alto por una estrella que empezaba a perder luz y a al que se negó Jerry Buss, el propietaro de la franquicia. Payton y Malone miraban para otro lado, y Jackson, que siempre fue más favorable al pívot, estaba a laa expectativa, ya que su contrato también finalizaba ese año.

Kobe le dijo a su entrenador en el trainning camp que no estaba dispuesto a aguantar más tonterías de Shaq, y afirmó durante la temporada que no se cuidaba y que una lesión operada de dedo el año anterior había impedido a los Lakers conquistar su cuarto anillo. Las críticas del escolta a su compañero en una entrevista a la ESPN sobre el liderazgo y su irónica respuesta a Jackson durante un entrenamiento, cuando éste le mandó correr y le contestó que sí pero no lo hizo, provocó la tormenta perfecta, alentada por los rumores luego confirmados de que el Doctor Buss se desharía de Phil Jackson al acabar la temporada por petición del propio Bryant después de que el propio técnico pidiera a Mitch Kupchak el traspaso de la estrella. Fue el final de una relación, sentenciada definitivamente en las Finales, que había durado ocho largos años. Demasiado, como piensan algunos. «En ningún momento de la temporada nos sentimos cómodos como equipo«, afirmó Fisher.

Eso sí, antes de la ruptura hubo un hecho muy representativo de lo que fueron como pareja. En el segundo partido de las Finales Shaq atrapó un rebote con tres puntos abajo y los Lakers contra las cuerdas. Nunca nadie había remontado un 0-2 en unas Finales tras caer en casa en los dos duelos iniciales. El pívot, tras coger el balón, se lo dio a Kobe. En la retransmisión en castellano, Antoni Daimiel comentó: «El instinto ha hecho a O’Neal darle el balón a Kobe Bryant. Era al que más lejos tenía, pero él se lo quería dar a Bryant«. El escolta mandó el partido a la prórroga tras tiempo muerto y los Lakers ganaron, pero la fiebre amarilla, que tantos exámenes había aprobado estudiando el último día, nada pudo hacer en Detroit, donde perdió los tres encuentros siguientes y dijo adiós a la dinastía. Shaq se iba traspasado a los Heat, Phil Jackson decía adiós a la NBA por segunda vez en su carrera y Kobe firmaba una extensión millonaria. Los Lakers hicieron su apuesta tras una temporada casi imposible de gestionar. Era el fin de una era para ellos. Una en la que dejaban atrás ocho temporadas, tres anillos, cuatro Finales y una historia difícil de igualar. Un listón muy alto.

Del odio al amor

Estuvimos muchos años pero en realidad no estuvimos nunca juntos”. Era una de las muchas frases de Shaq tras acabar su relación con Kobe, aunque no fue la más adecuada, como reconoció posteriormente. La enemistad fue lajoya de la corona de la NBA, que explotaría la mala relación programando para Navidad un partido entre Heat y Lakers las siguientes temporadas. El primero, en el retorno del pívot a un Staples enforvecido con su vuelta, se sadó con victoria para los Heat a pesar de los 41 puntos del escolta, que aplaudió a su ex compañero cuando fue presentado pero luego apenas se saludaron. “No saludo a Kobe porque no tengo nada que decirle. Soy un hombre casado, no necesito empezar una relación con otro hombre ahora«, afirmó poco después. Antes del encuentro, ya había respondido a numerosas preguntas sobre el tema: «Si ves un Corvette que avanza hacia un muro de ladrillos a toda velocidad, ya sabes lo que va a ocurrir. Kobe es el Corvette, yo soy el muro de ladrillos”, zanjó.

Fue la tónica tradicional de la relación entre ambos, aunque siempre fue el pívot el que más se mojó en la discusión. Tras ganar el anillo en 2006, Kobe tuvo que soportar el sainete de que no podía ganar sin O’Neal, algo que para él fue como una tortura china. Phil Jackson, que regreso de nuevo para la 2005-06, se encargó de reconciliar a ambas estrellas, que firmaron finalmente la pipa de la paz en el All Star del 2009, cuando el técnico se reunió con sus dos jugadores fetiche (Jordan al margen). El MVP conjunto supuso la nueva unión de un Shaq que vivió su última gran temporada de esplendor individual con los Suns (17,8 puntos y 8,9 rebotes) antes de pasar por Cavs y Celtics buscando un quinto anillo que nunca llegó a conseguir. Kobe por su parte tuvo que esperar al mismo año, 2009, para ganar un nuevo anillo y reconciliarse definitivamente con su entrenador, con el que entonó el mea culpa y viceversa.

Eso sí, la rivalidad de Shaq y Kobe no finalizó del todo hasta la retirada del último y, ya de manera definitiva, con su desgraciada muerte. Antes, diversos zascas por Twitter o declaraciones cruzadas tuvieron lugar, aunque fueron mucho menos numerosos. Cuando superó a Jordan en puntos, el escolta afirmó que sin Shaq habría llegado a los 40.000, algo que no gustó al pívot, ya alejado de las canchas. Eso sí, la madurez, esa que siempre muestra la mejor cara de los jugadores sobre todo cuando están al borde de la retirada, dio, sobre todo a Kobe, un perfil más amigable. De hecho, ese chico al que sus compañeros no aguantaban desapareció para dar lugar a un hombre curtido, admirado y querido cuyas muestras de amor y respeto han sido muy repetidas en los últimos meses, pero también en su retirada. Para la historia también queda ese último encuentro en el Staples ante los Jazz, cuando fue a abrazarse con Shaq tras anotar una de as últimas canastas de un duelo que finalizó con 60 puntos.

O’Neal definió así este cambio: “Tengo órdenes del gran Bill Russell. Estuvimos hablando el otro día en Seattle y me explicó cómo afrontar las rivalidades. Me dijo que nunca había tenido problemas como los que yo he tenido y que tenía que enterrar el hacha de guerra con Kobe, estrecharle la mano y dejar las cosas en el pasado”. Y los increíbles halagos de los dos últimos años han sido más que repetidos. En una ocasión dejó claro que el escolta era el mejor compañero que había tenido en su carrera: El compañero más feroz y más competitivo que he tenido ha sido Kobe Bryant. El más rabioso, el más ganador. Wade sería el segundo pero Kobe estaría primero. La verdad es que pasamos más momentos buenos que malos juntos«, reconoció. Su insistencia para que no se le infravalorara tras su retirada y que estuviera en el debate por ser el mejor jugador de la historia así como las lágrimas derramadas por su pérdida, dejan claro que el amor se impuso al odio en los últimos años, y que ambos, sobre todo el pívot, le daban un balance positivo a sus ocho años juntos.

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